E 954 ¿Que es la sacarina? + los estudios del po­tente lobby azucarero

EDULCORANTES_zpsede83bdc.jpgLa sacarina es el edulcorante más antiguo, el más utiliza­do hasta hace poco cuando el aspartamo la derribó de su pedestal, por así decirlo.

Las decenas de millones de personas que seguían una dieta en el mundo entero en el Siglo XX le dieron el éxito al sustituir al azúcar por ese diminuto comprimido blanco de sacarina, llamado en Francia «Sucrette», nombre co­mercial que se convirtió en nombre común.

Acabamos diciendo «sucrette» como decimos «frigo­rífico» para nombrar a una nevera.

Esto da una idea de la popularidad de la sacarina.

Qué más da si el café endulzado con ese comprimido tiene un espantoso regusto metálico.

A ojos de los consumidores de «sucrettes» importa tener una buena conciencia al usar esa sacarina para dar al alimento que endulza un sabor azucarado sin aportar la menor caloría. Porque es eso lo que hizo la gloria de la sacarina durante más de cien años: ese «falso» azúcar per­mite reducir la ingesta de glúcidos acusados de engordar (cierto pero sólo cuando se abusa de ellos).

La popularidad de la sacarina llegó a oídos de los dia­béticos y muchos se aficionaron a ella a fin de sustituir el azúcar en el protocolo alimentario de su dieta hipoglucídica. 

Y el entusiasmo por este edulcorante fue tal que in­cluso en los bares se empezó a proponer elegir entre el azúcar en bolsita y las «sucrette».

Si los fabricantes tuvieran que indicar en las bolsitas la naturaleza química de los comprimidos, no hay duda de que los consumidores vacilarían en dar el paso y se­guirían fieles al azúcar, aun reduciendo su consumo. En efecto, la fórmula es esta: dihidro-2 - benzitotiazolo- NE-3 - DIOXIDO-1.

¡Que aproveche!

Lo mismo si se informara a los consumidores del proceso de fabricación de esta sacarina: se provoca una reacción de ácido antranílico sobre ácido nitroso, dióxido de azufre, cloro y amoniaco.

¡Que aproveche!

Si bien el aspartamo ha tomado recientemente el rele­vo en la mayoría de las aplicaciones de los edulcorantes, se siguen fabricando 20.000 toneladas de sacarina al año. No es poca cosa. El principal productor es China, lo cual no reconforta cuando pensamos en la opacidad que reina en dicho país sobre la naturaleza de muchos de los pro­ductos que salen de sus fábricas.

Esta sacarina tiene una larga historia. Fue descubierta por casualidad en Estados Unidos en 1879.

Dos científicos, Ira Remsen y Constantin Fahlberg, investigaban el tolueno, un derivado de la hulla, en un laboratorio de la Universidad Johns Hopkins de Balti­more, en Maryland. Un día se fueron a almorzar. Rem­sen no se había lavado las manos y durante la comida detectó el sabor dulce de lo que comía y lo relacionó con el tolueno. 

Así nació la sacarina. La historia acabó mal para Rem- sen. Cinco años después de su descubrimiento, en 1884, Fahlberg depositó solo la patente de fabricación del edul­corante. Remsen se desesperó y declaró: «Fahlberg es un canalla, sólo evocar su nombre me produce arcadas».

A lo largo de medio siglo, la sacarina conoció cierto éxito y luego todo se aceleró durante la Segunda Guerra Mundial. La penuria de azúcar y su racionamiento pro­vocaron la intensificación de la fabricación de sacarina.

En los años sesenta, la progresión se aceleró aún más y se utilizó de forma sistemática en los productos llama­dos de «régimen» en lugar del azúcar, sin olvidar su papel de edulcorante de mesa a pesar de su sabor metálico que deformaba el auténtico sabor de las bebidas como el café entre otros y los alimentos, los yogures por ejemplo.

Hay que decir que para la industria agroalimentaria la sacarina tiene sus ventajas: un poder de endulzamiento 400 veces superiores al del azúcar, una gran estabilidad al calor incluso en medio ácido, así como una buena conser­vación. También hay que mencionar su uso en la industria farmacéutica para el endulzamiento de los medicamentos, con otra ventaja farmacocinética: una resorción muy rápi­da después de una toma oral con una media de vida de una hora y el 85% evacuado en la orina en 24 h.

Sin embargo, la sacarina tiene mala reputación, no tanto por su detestable sabor sino por algo más grave: es cancerígena.

En 1977, se publicó un estudio canadiense que dio mucho que hablar. Su conclusión era que la sacarina pro­vocaba cáncer de vejiga en las ratas. Inmediatamente, el ministerio canadiense de la salud prohibió la sacarina. 

La FDA americana, administración encargada de eva­luar la inocuidad de los alimentos y medicamentos tam­bién quiso prohibirla pero no lo hizo debido a la presión de los fabricantes americanos de sacarina que argumenta­ron contra el valor de dicho estudio. ¡Ya tenían motivos! Las dosis de sacarina administrada a aquellas pobres ra­tas equivalía el consumo diario de 10.000 (¡sí, diez mil!) comprimidos de sacarina.

Es evidente que ese «engorde» alucinante de sacari­na tenía que provocar graves problemas fisiológicos a las ratas que fueron literalmente sacrificadas durante esta in­vestigación. Muchas desarrollaron cáncer de vejiga. Sin­ceramente, ¿tiene sentido un estudio como éste?

Cuando se produce un asesinato, la primera pregunta que se hacen los investigadores es «¿quién se beneficia de este crimen?».

¿Quién se benefició de esa investigación? ¡Los fabri­cantes de azúcar por supuesto!

Ellos veían con muy mal ojo en aquella época (1977) el aumento espectacular del consumo de saca­rina entonces en su apogeo en perjuicio del azúcar. No digamos «fabricantes», digamos mejor lobby. El po­tente lobby azucarero.

La DDA (dosis diaria aceptable) fue fijada por la UE en 1995 en 5 mg de sacarina por kilo de peso corporal.

En caso de exceso, sin llegar a los 10.000 comprimi­dos por día (¡!) la sacarina puede tener efectos secunda­rios proporcionales... a dicho exceso.

Por ejemplo, una persona que se tome diez latas por día de refresco edulcorado con sacarina se arriesga a las molestias siguientes::

  • sensibilidad cutánea

  • prurito

  • urticaria

  • dolor abdominal

  • náuseas

  • vómitos

  • diarrea

  • nefritis

  • taquicardia

  • excitación del sistema nervioso

 

Pero es que tampoco tiene la obligación de tomarse diez latas de refrescos diarios, véase, dos litros y medio. Hay que saber comportarse de forma razonable. De todas ma­neras, hay un obstáculo al consumo de sacarina y es que verdaderamente este edulcorante tiene un detestable re­gusto metálico.

Fuentes: Wikipedia, Jaen Luk Dagirol- Aspartame et autres édulcorants, Ed. Obelisco- El aspartamo: Alternativas naturales Xliltol Azucar Abedul, Miel, Sirope de Arce

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